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OBISPO DE CARORA CARLOS ENRIQUE CURIEL: SAN JOSÉ DE CALASANZ ME PIDIÓ SER SACERDOTE

OBISPO DE CARORA CARLOS ENRIQUE CURIEL: SAN JOSÉ DE CALASANZ ME PIDIÓ SER SACERDOTE

Por: Jorge Euclídes Ramírez


El recién designado Obispo de la Diócesis de Carora es una persona absolutamente centrada en sus objetivos espirituales y de una coherencia lógica extraordinaria para acoplar esta visión religiosa con las realidades terrenales. Es así un sacerdote que cumple a cabalidad la misión apostólica que exige Vaticano II a los católicos de buscar a Dios encarnado en el hombre que sufre limitaciones existenciales.

Para la sociedad caroreña, la del casco colonial y la de todos sus barrios y parroquias, el nombramiento de Monseñor Curiel como Obispo de la Diócesis fue una bendición porque con él se restauran vínculos de fraternidad entre párrocos y autoridades clericales, entre lo urbano y lo rural, entre lo histórico y lo coyuntural.

Con Monseñor Curiel Herrera conversamos para extraer de su sabiduría y su bondad las claves sobre las líneas gruesas que orientaran sus pasos como pastor de una comunidad profundamente católica y profundamente mariana.


Háblanos de tus padres, de tu infancia. Lo que representaba para ti la tradición familiar.

Mis padres, José Elías Curiel Bravo y Gema Josefina Herrera Riera, conformaron un hogar cristiano, de una fe profunda heredada de sus padres, donde nacimos 6 hijos, todos varones, Jesús David, Carlos Enrique, Víctor Manuel, José Elías, Juan Pedro y Óscar Luis, y al que se agregó un miembro más, también varón, hijo de mi tío materno, Bernardo Herrera, Antonio José. Hogar en el que buscaron siempre educarnos y formarnos en los valores humanos y evangélicos, donde la pauta la marcó el respeto, la valoración de la persona y su dignidad sin distinción alguna, el servicio, la caridad, la amistad.

Mi infancia transcurrió en Carora, en los años 60-70, en un ambiente que pudiera catalogar de sano, donde destacaba la importancia de educarse, formarse, de cultivar la familiaridad, la amistad y las relaciones humanas en los valores anteriormente mencionados.

La tradición familiar ha jugado un papel muy importante en mi crecimiento como persona, como cristiano, como religioso y ministro del Señor, de la Iglesia. Tradición familiar que pone de manifiesto la importancia de saber valorar la Familia, con sus defectos y cualidades, con sus debilidades y fortalezas, a cada miembro, la importancia de la solidaridad, de la preocupación de unos por otros y por los que no son de la familia, por los más necesitados. Mi familia me ha enseñado la importancia de tener como fundamento de ella el Amor.


Que influencia tenia para ti el tener una Hermana Religiosa como tía paterna y un tío materno Sacerdote quien luego fue el primer Obispo de Carora.

También una Hermana religiosa como tía materna. Considero que la influencia de ellos en mi vida ha sido fundamental. El amor manifestado en la sencillez de la cercanía familiar, su manera de vivir su vocación, cada uno a su manera, determinaron en mí para descubrir mi vocación en el servicio, en la caridad. Tanto mi vocación de Médico, en la cual mi padre influenció de una manera determinante, como mi vocación a la Vida Religiosa y al Ministerio Sacerdotal, han bebido de esa “fuente”, de ese estilo de vida en la alegría, en el servicio. A los tres los vi siempre alegres en su Misión. La cercanía de ellos conmigo, y la mía con ellos, marcaron mi vida. Con mi tío Sacerdote, luego Obispo, compartí muchos momentos de la vida que influyeron en mi vida cristiana, en mi vocación, entre otros, visitas pastorales a las zonas rurales de Carora.


Te educaste en las Escuelas Pías fundadas por San José de Calasanz, qué ha significado esto para ti.

La educación, la formación, en las Escuelas Pías, en la niñez y la adolescencia, han sido determinantes en mi estilo de vida. Dejaron una huella importante en mi ser. En la Educación y formación integral, humano-cristiana, recibida en las Escuelas Pías, se conjugaron muy bien con la recibida en mi hogar, en mi familia.

Considero también que he sido educado en ella, cuando ingresé a la Orden. La formación filosófica, teológica, para la Vida Religiosa, para la vida en sí misma, para el Ministerio Sacerdotal, recibida en las Escuelas Pías, me ayudaron a canalizar, seguir y vivir mi vocación. Me han acompañado a lo largo de mi vida Consagrada. Ha sido un regalo de Dios el haberme llamado a este estilo de vida, en las Escuelas Pías. Soy feliz de ser Escolapio. El legado de San José de Calasanz ha llenado mi vida, mi ser. Si volviera a nacer, vuelvo a ser Escolapio, vuelvo a ser Sacerdote.


Primero te graduaste de médico, hiciste post grado en anestesiología y luego te ordenaste como sacerdote. Eres de vocación tardía o desde niño siempre querías ser religioso y aplazaste la decisión de tomar los hábitos.

Desde niño quise ser Sacerdote. Alimenté mi vocación viviendo mi fe en el seno de mi familia y viendo cómo hombres y mujeres, entre ellos mi tío Eduardo, mi tía María de Lourdes y mi tía Berenice, vivían su vocación. Vi también cómo mis familiares, sobre todo mi papá y mi mamá, influían, de manera positiva y sin violentar nada, de manera muy respetuosa, para que yo me inclinara a ese estilo de vida. Sin embargo, distintas circunstancias de la vida, aplazaba o diferían mi respuesta a ese llamado. No me gusta hablar de vocación tardía, porque considero que Dios llama a quien Él quiere, como quiere y cuando quiere. Veamos algunas vocaciones en la Biblia: a Abrahán, Dios lo llamó ya siendo un anciano (Gn. 12, 4), ¿será entonces ésta una vocación extremadamente tardía?; a Samuel lo llamó cuando éste era aún un niño (1Sam. 3, 1), ¿será ésta una vocación prematura? Sin embargo, pienso que sí podemos decir que aplacé, mejor dicho, diferí mi respuesta a este llamado, pero considero que esta fue la forma en que Dios quiso llamarme, “porque mis planes no son sus planes, sus caminos no son mis caminos -oráculo del Señor-“(Is. 55, 8). La Biblia dice en Jeremías 10:23 “Yo sé, oh SEÑOR, que no depende del hombre su camino, ni de quien anda el dirigir sus pasos”.


Cuéntanos de tus experiencias como médico

Amo mi ser Médico. Si volviera a nacer, también volvería a ser Médico, volvería a ser Sacerdote Escolapio. El estudiar, educarme y formarme como Médico, donde mi papá jugó un papel muy importante, y vivir con pasión el ejercicio de esta noble y sublime profesión, me ayudó a descubrir y a vivir la sensibilidad por el necesitado, por el pobre, por el que sufre, me ayudó a vivir la compasión y la misericordia, al estilo del buen Samaritano, con mis errores, debilidades y fragilidades humanas, pero también con la fortaleza que viene de Dios. Y esto, terminó de consolidar mi vocación en el servicio, en la entrega, en el “ser para los demás”, que reza mi lema episcopal. El escoger la Anestesiología como especialidad, fue movido por mi querer aliviar el dolor, el sufrimiento, de una manera concreta. Un libro, sólo su título, me abrió los ojos para enamorarme de la Anestesiología: “La lucha contra el dolor” del Prof. Dr. Hans Killians.

Mi experiencia como Médico ha influido enormemente en mi ser, en mi hacer, en el ver la vida, en el ver al hermano, en el ver la realidad y cómo esta me interpela a hacerme cargo, en corresponsabilidad, con otros. Despertó y alimentó la compasión y la misericordia, la fraternidad y la vida en el servicio.


Cómo fue tu carrera como escolapio en Venezuela.

Mis estudios, y mis primeros pasos como Escolapio, los hice en Caracas, y al cumplir un año de haber iniciado, me enviaron, junto con el P. Beto Álvarez, al Noviciado, concretamente, en Sta. Ana Chiautempan, Edo. de Tlaxcala, México, donde estuvimos un año, realizando mi primera Profesión en Valencia. Posteriormente, continué en Caracas, donde viví 5 años más, y realicé mis estudios teológicos-pastorales, en el Instituto de Teología para Religiosos (ITER), con pastoral en el Colegio San José de Calasanz. Al culminar, en el año 1996, viene un duro momento a mi vida, la muerte repentina de mi papá. Sin embargo, sentí que Dios me dio fuerzas para iniciar, y continuar, la elaboración del duelo, en medio de labor pastoral en el Colegio San José de Calasanz de Caracas, para seguir adelante en mi camino vocacional en las Escuelas Pías. Luego, al año siguiente, 1997, llegó una carta del P. General de los Escolapios, P. José María Balcells, indicando que se me concedía la dispensa para realizar mi Profesión Solemne en la Orden de las Escuelas Pías, ya que solamente llevaba 4 años de Profesión simple y ésta, la Solemne, se realiza a los 6 años como mínimo. Ésta, la realicé en Barquisimeto, en agosto de 1997, el Diaconado el 25 de agosto, día de San José de Calasanz, de ese mismo año y, posteriormente, recibí la Ordenación Sacerdotal el día 27 de diciembre de 1997, por imposición de manos de mi Tío, Mons. Eduardo Herrera Riera. Seguí en Caracas por unos meses y fui enviado a la obra Social San José de Calasanz, en Valencia, como Rector de la Obra y Director General del Colegio, además de Vicario Parroquial. Allí estuve 6 años, 1998-2004. Posteriormente vuelvo a Caracas como Director General del Colegio, Ecónomo del mismo y Maestro de pre novicios y Juniores Escolapios. Estuve 2 años, 2004-2006, cuando fui enviado Barquisimeto, al Barrio El Trompillo, como Director General de la U.E Mons. Romero y como Vicario Parroquial en la Vicaría Transfiguración del Señor, 2006-2008. Es en agosto del 2008 cuando soy enviado a Bolivia.


Como fuiste a vivir a Bolivia, cuéntanos de tu experiencia allí, Como llegaste a Obispo, dinos de tus experiencias en este país.

Cómo mencionaba en la pregunta anterior, estando en la Obra llevada por los Escolapios en el Barrio El Trompillo de Barquisimeto, cuando el Padre Provincial, para ese entonces Pedro Aguado, actual P. General de la Orden de las Escuelas Pías, me propone ir a Bolivia. Acepté la propuesta como un envío que me hacía la Escuela Pía a esas tierras bolivianas. Mi destino fue un Pueblo en el Valle Alto Cochabambino, Anzaldo, originario campesino quechua, como Párroco, profesor del Colegio y educador en el Internado. Allí, junto a tres hermanos religiosos escolapios y otros tantos laicos escolapios, llevamos esta Obra, entre los más pobres. Gente sencilla, pobre, agricultores y criadores de ganado ovino, con un corazón grande. Allí estuve 8 años compartiendo la vida, la fe, la esperanza y la fraternidad. Como Mons. Romero que asumió a su prójimo como su verdadero hermano, llegando a decir que “los pobres me enseñaron a leer el Evangelio”, así fue mi experiencia de Dios en esas tierras bolivianas. Después fui a Cochabamba como Vicario General. Cochabamba Ciudad capital del Departamento del mismo nombre, ciudad populosa y, como toda urbe Latinoamericana, con una gran población en la periferia, producto de la migración campo-ciudad, que plantea grandes desafío sociales, políticos y religiosos. Sin embargo, me asignaron como zona pastoral a atender, la llamada Valle Bajo y la Zona Andina, ésta con población rural muy dispersa, por montañas que llegan casi a 4.300 m.s.n.m, también con mucha población quechua y aymara. Posteriormente, en el año 2019, fui nombrado por el Papa Francisco Obispo Auxiliar de Cochabamba, encomendándome, de manera especial, la misma Zona Pastoral. Cómo llegue a Obispo, no lo sé. Lo interpreté como un llamado de Dios, por medio de su Iglesia, a este Ministerio, el que asumí y viví, y lo sigo tratando de hacer, como lo indica su nombre, como un servicio a Dios y a su Pueblo. Estoy muy agradecido a Bolivia, a su Pueblo. Me sentí un boliviano más, aprendí mucho de su cultura, de su manera de vivir, de su ser Iglesia, de sus expresiones y manifestaciones de fe, de su fraternidad y, sobre todo, en un Pueblo Quechua, Anzaldo.


Eres admirador del Obispo Mártir Oscar Arnulfo Romero, que admiras de él. Como sacerdote latinoamericano que representan para ti las Conferencias Episcopales de Medellín y de Puebla (1979).

Así es, lo admiro mucho, es un auténtico ejemplo de discípulo-seguidor de Jesucristo. Un discípulo que va conociendo a Jesús progresivamente, se “enamora” de su Persona, de su Mensaje, de su estilo de Vida y se hace un seguidor. Un hombre de Dios. Admiro su conversión, cómo él en su caminar como cristiano, como Sacerdote, como Obispo, se da cuenta, porque abre su corazón a la Sabiduría de Dios, de que tenía que cambiar en muchos aspectos de su vida, de mentalidad, de la manera de vivir el Ministerio, de la manera de leer el Evangelio, entre otras. Y es esta Metanoia (del griego μετανοῖεν, metanoien, ‘transformación espiritual’), la que también es denominada por el catolicismo como una transformación profunda de corazón y mente a manera positiva, la que expresa la opción que hace por la vida, por los más pobres, por la justicia, por la paz y la unidad. Esa humanidad expresada en él que se traduce en compasión, misericordia, Amor. Es lo que expresa también su lema episcopal: “sentir con la Iglesia”, Pueblo de Dios. Su empeño y su lucha por la justicia, su denuncia clara de las injusticias proponiendo los criterios del Evangelio como el paradigma para construir una sociedad más justa, más humana, más fraterna, donde la dignidad de la persona sea reconocida y valorada por todos. Entre otras frases que expresan esto, está: “Una religión de misa dominical, pero de semanas injustas no gusta al Señor. Una religión de mucho rezo, pero con hipocresías en el corazón no es cristiana. Una Iglesia que se instalara sólo para estar bien, para tener mucho dinero, mucha comodidad, pero que olvidara el reclamo de las injusticias, no sería la verdadera Iglesia de nuestro Divino Redentor”. Y todo esto, no sin sentir en algunos momentos miedo sino aceptando el miedo, pero transformándolo en fuerza para seguir adelante en la consecución de un mundo mejor: “Mi otro temor es acerca de los riesgos de mi vida. Me cuesta aceptar una muerte violenta, que en estas circunstancias es muy posible, incluso el señor Nuncio de Costa Rica me avisó de peligros inminentes para esta semana”. “Y si me matan, resucitaré en el Pueblo Salvadoreño. Otro aspecto importante de su vida que admiro en él, es cómo vio en la Educación una manera de transformar el mundo, la realidad que nos rodea: “Lo primero que debe buscar una educación, pues, es encarnar al hombre en la realidad, saberla analizar, ser críticos de su realidad. Una educación que sea educación para una participación política, democrática, consciente, ¡esto! ¡cuánto bien haría!”. Y así, podría mencionar muchas frases de él, dichas en homilías, en programas de radio, en muchos medios, que me hacen ver en él un hombre de Dios, un Profeta, un Pastor del Pueblo de Dios en la Iglesia de El Salvador, enseñaba de palabra y con el ejemplo. Testigo de Jesucristo, fue coherente con lo que entendía que le pedía el Evangelio que profesaba y con el Dios en quien creía, hasta dar su vida por aquello en que creía. Tuvo la oportunidad de frecuentar los salones de los poderosos y dialogar con ellos para buscar soluciones a la situación de tremenda violencia e injusticia en que vivía su país. Pero prefirió, decidida y claramente, ponerse del lado de las víctimas —los pobres y perseguidos de muchas formas— y correr la misma suerte que ellas y ellos. Un hombre de Dios, un gran Santo.

Creo que ambas Conferencias del Episcopado latinoamericano, fueron un impulso muy importante para la Iglesia Latinoamericana y plantean nuevos desafíos para la Iglesia y la Evangelización de hoy. El tema central planteado por la Conferencia de Medellín fue revisar la realidad de América Latina a la luz del Concilio Vaticano II. No se puede volver atrás las agujas el reloj, pero sí se puede hacer memoria de esos acontecimientos, entendiendo por memoria lo que decía Agustín: la memoria es el presente del pasado. Y aquí, no quiero quedarme sólo en Puebla y Medellín, sino ver que Aparecida nos permite una entrada muy interesante a esta memoria. Se ha dicho que ella ha sido una sorpresa. Por mi parte, pienso que no se puede entender Aparecida si no tenemos en mente las décadas precedentes marcadas por el tiempo de Medellín, como tampoco podemos explicar Vaticano II sin las experiencias pastorales y las reflexiones teológicas que lo antecedieron. Así también se debe comprender el proceso que se cristaliza en la Conferencia de Aparecida. Creo que el Papa Francisco ha hecho “memoria” de estos acontecimientos Eclesiales y le han permitido establecer una “hoja de ruta” de su “pontificado”, expresado en la Evangelii Gaudium.

Para mí ha significado mucho la utilización del método Ver, Juzgar y Actuar, muy conectado con la lectura de los signos de los tiempos, y el tema de los lugares teológicos. Se trata de una lectura a la luz de la palabra de Dios, a la luz del Evangelio. (cf. Gaudium et Spes, n.4) Ver la realidad es capital porque es el elemento que nos desafía a la luz de la Palabra de Dios. Esto nos lleva a una cosa cotidiana, porque nos obliga a mantenernos cercanos a lo que está pasando en nuestro pueblo, a tratar de ver desde allí, y, con un acento particular en ver la realidad desde la perspectiva de los últimos, ver desde los más frágiles, desde los insignificantes de la sociedad. Por otra parte, las Conferencias Episcopales Latinoamericanas han insistido siempre en la proclamación del Evangelio, como misión esencial del cristiano, de la Iglesia, también es el caso de Aparecida. Anuncio que incide en la historia humana y en la necesidad de construir una sociedad más justa, más fraterna, más humana.

Por último, es muy importante en el compromiso con los pobres y en la comunicación del Evangelio, considerar a los pobres en la plenitud de sus derechos humanos, y, por lo tanto, como responsables de su propio destino, como agentes de su propia historia. En este sentido necesitamos ser claros, como cristianos, y como comunicadores, en el sentido y metas de nuestro compromiso con los pobres y excluidos. No se trata de buscar ser la voz de los que no tienen voz. Nuestro propósito debe ser, más bien, que los que no tienen voz la tengan. Monseñor Romero nos enseñó mucho al respecto.


Que representa para ti ser Obispo de Carora y que planes tienes para esta Diócesis.

Representa muchos desafíos, ante los que me quiero situar con un corazón que se mantenga abierto a la misión recibida y a la vocación sentida en mi corazón. Y, sobre todo, abierto al Dios en quien creo y al cual he consagrado mi vida, así como al pueblo al que prometo servir como pastor, para el que quiero “Ser para los demás”, como reza mi lema episcopal. Desde mi posición de Obispo, quiero una Iglesia, como dice el Papa Francisco: “pobre y para los Pobres”, una Iglesia reconciliada con Dios y entre nosotros, con una Iglesia Sinodal, donde caminemos juntos escuchándonos, participando y sintiéndonos, todos, sin excepción, corresponsables de su vida y de su misión. Quiero conjugar, practicar y vivir los tres verbos necesarios para ser una Iglesia sinodal: encontrar, como disponibilidad para encontrarse con el otro y dejarse interpelar por su inquietud; escuchar, con el corazón y no sólo con los oídos; y discernir, a qué nos llama el Señor, qué nos pide Él, a qué nos envía. A este querido Pueblo le digo, como San Agustín: “para ustedes soy Obispo, con ustedes soy cristiano”. Ahora bien, esto no lo voy a hacer solo, lo vamos a hacer juntos, todos los que estén dispuestos a “sentir con la Iglesia”, a “ser para los demás”. Cuando aprendemos a distinguir lo que constituye la identidad más profunda de los hombres y mujeres de fe —lo que somos llamados a ser, así como a ayudar a otros a serlo—, en esta confusa y difusa contemporaneidad en la que vivimos, aprendemos mejor a distinguir fe y religión y dar a cada una su debido lugar y su debida importancia. Para esto pido la Sabiduría que viene de lo Alto y que se cumpla en mí lo que dice la Palabra de Dios del libro de la Sabiduría: “Oré, y me fue dada la prudencia, supliqué, y descendió sobre mí el espíritu de la Sabiduría” (Sab.7, 7)


De donde viene tu sobrenombre de Coqui

Soy el segundo de mis hermanos. El mayor es Jesús David. Cuando nací y me pusieron por nombre Carlos Enrique, le preguntaban a Jesús David, de 2 años de edad: “¿Cómo se llama tu hermanito?”, él contestaba: “Coquique”, era lo que le salía para decir Carlos Enrique. Después desapareció el que, y me quedé Coqui.


Has tenido alguna experiencia mística que haya tenido influencia en tu personalidad.

Creo que todos los creyentes en el Dios de la Vida, manifestado en Jesús de Nazaret, por la Fuerza del Espíritu Santo, hemos tenido “Experiencias Místicas” que transforman nuestra personalidad, influyen en ella, entendiendo ésta como la toma de conciencia de la presencia de Dios en nosotros y la respuesta creyente a esa presencia con la que todos estamos habitados. Por tanto, mi vocación, tanto la de Médico como la de Religioso Sacerdote, han sido experiencias místicas que han tenido influencia en mi personalidad. Esta es la mística de la vida cotidiana, cuando se viven los acontecimientos de la vida creyentemente, desde ese reconocimiento de la presencia de Dios. Ahora bien, si queremos hablar de alguna experiencia mística en lo “extraordinario”, puedo decir que también la he tenido, y fue en un sueño donde San José de Calasanz, y yo arrodillado ante él, me invitaba a ser Sacerdote Escolapio, a lo que yo le respondí que no, porque no era digno, porque era un pobre pecador, a lo que él añadió, que eso no era obstáculo, que así me quería el Señor. Lo viví y lo interpreté, desde un buen discernimiento, como llamado del Señor. Y pudiera seguir narrando experiencias místicas de la vida cotidiana.




Jorge Euclides Ramírez.-

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Diario El Informante: OBISPO DE CARORA CARLOS ENRIQUE CURIEL: SAN JOSÉ DE CALASANZ ME PIDIÓ SER SACERDOTE
OBISPO DE CARORA CARLOS ENRIQUE CURIEL: SAN JOSÉ DE CALASANZ ME PIDIÓ SER SACERDOTE
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